Una isla
Antes de meter la barbilla y la boca en el agua, tomó una enorme bocanada de aire y cuando se aseguró los cachetes bien inflados, se sumergió. Hundió hasta el borde de la nariz para que los ojos y la mirada le quedaran a la altura del agua. Vio de cerquita el onduleo constante de un lado al otro, como un vals. Contuvo la respiración e hizo fuerzas para mantenerse a flote con un mini aleteo de brazos. El sol del mediodía imprimía destellos de luz en la cresta de las olitas, como chispas de una soldadora. Más allá de la pileta, se extendía el parquizado con variados árboles frutales donde saltaban gorriones que aprovechaban las frutas sin cosechar. Ignoró los gritos de la madre que lo llamaba para almorzar y se quedó un rato más en el agua, hasta que los dedos se le pusieron como pasas de uva. Iba a aprovechar de ese verano la mayor cantidad de tiempo posible dentro de la pileta. Ya tendá el resto del año para aburrirse en el balcón de la calle Juan B. Justo. Verónica lo miraba por ...