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Showing posts from January, 2023

Cumpleaños

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  Una hora antes de que empiecen a llegar los invitados se largó uno de esos aguaceros furiosos de verano; venía con gotas gordas y pesadas que en diez minutos inundaron la calle de cordón a cordón. Además se levantó un ventarrón que hasta tiró unos árboles en el Parque Chacabuco. “No va a venir nadie” pensó, mientras bajaba unas latas de cerveza del freezer para que no se congelen. “¿Quién me manda a mi?” se dijo, utilizando el tono de la resignación. La amargura de la soledad se le acomodó atrás de la tráquea y le empujó una pelota agría hasta el estómago. Tragó saliva y miró el reloj.    *** En la terraza salpican, como bailando, las gotas sobre las mesas y sillas de madera; el desagüe engulle el agua barrosa mezclada con las hojas de los árboles que el viento desparramó por todas partes. Banderines y foquitos de colores colgados resistían, tenaces, el bamboleo de la terraza del tercer piso. Cabizbajo se acomodó en una silla, entonces el agua le mojó el tras...

Mesa de luz

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La casa parecía más grande de lo que la recordaba y eso que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado ahí. Tal vez un par de años, no más. Era una de esas casas que están sobre la terraza de los edificios. En este caso, uno bajito de tres pisos. Cómo si fuese la casa del portero o del encargado. Había que subir los tres pisos por escaleras y en el último tramo te chocabas con la puerta de la casa en la cara.  Una vez adentro, te recibía un pasillo largo adornado con lucecitas de navidad hasta un distribuidor circular que conducía a las diferentes habitaciones. Ahí estaba Irene con las llaves aún en una mano y el bolso en la otra. Sudando la subida por la escalera que le había puesto a repiquetear el corazón debajo del saco de paño y que no era muy recomendable después de la operación. Una cosa es que te inviten a tomar unos mates, una cerveza, a coger una noche o un fin de semana de locura; otra muy distinta es habitarla durante algunas semanas, incorp...

La Faenada

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  Resabios de la hiperinflación se amontonaban por la casa de mi infancia. Almuerzos a base de conservas, ropa heredada, sábados de almuerzo popular en la parroquia María Auxiliadora. Con la convertibilidad se acomodaron algunos en el pueblo, es cierto, pero digamos que fueron los mismos que siempre se acomodan en todos los pueblos: el juez de paz, algunos comerciantes de dudosa moral. La joven democracia resultaba muy difícil de interpretar para la policía, que no dejaba de romper las pelotas a cada rato, solía decir mi papá. El resto del caserío intentábamos sobrevivir con lo poco que nos valía la plata (o el trabajo, o el tiempo o la vida, que es más o menos lo mismo). En mi casa éramos unos de esos: del resto. Mis padres, con sus recursos semiprofesionales y todo, lidiaban de más para alimentar al puñado de hijos que echaron al mundo. Uno de esos niños era yo, que en ese entonces tenía como cinco o seis años. El cuarto de un montón de hijos, el quinto si contamos lo de Nicolá...