Mesa de luz


La casa parecía más grande de lo que la recordaba y eso que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado ahí. Tal vez un par de años, no más.

Era una de esas casas que están sobre la terraza de los edificios. En este caso, uno bajito de tres pisos. Cómo si fuese la casa del portero o del encargado. Había que subir los tres pisos por escaleras y en el último tramo te chocabas con la puerta de la casa en la cara.  Una vez adentro, te recibía un pasillo largo adornado con lucecitas de navidad hasta un distribuidor circular que conducía a las diferentes habitaciones.

Ahí estaba Irene con las llaves aún en una mano y el bolso en la otra. Sudando la subida por la escalera que le había puesto a repiquetear el corazón debajo del saco de paño y que no era muy recomendable después de la operación.

Una cosa es que te inviten a tomar unos mates, una cerveza, a coger una noche o un fin de semana de locura; otra muy distinta es habitarla durante algunas semanas, incorporarla a la cotidianidad. Decirse en la cabeza, antes de salir del trabajo, "vuelvo a casa".  Estaba ahí, haciéndole un favor a Mauro, cuidando de las plantas y de Rita, mientras él estaba en Neuquén resolviendo ese bardo con la familia que lo obligaba a viajar con demasiada frecuencia. Ese bardo que es la muerte. También se estaba haciendo un favor a ella misma, una minivacaciones en la ciudad.  Tenía la heladera llena de comida y cervezas y un bolsón de alimento para la gata. 

Suspiró y empezó a hacerse la idea. De apoco se fue acomodando en su casa temporal, se quitó el saco y las botas para sentir la alfombra con la planta de los pies. Se desabrochó casi todos los botones de la camisa, solo se dejó los últimos dos, aflojó el cinto y se soltó el jean.

Se tomó una lata de cerveza mientras imaginaba la vida de Mauro en esa que ahora es su casa. Le parecía verlo sentado en el sillón leyendo, o preparándose un café en la cocina. Prendió el televisor y puso música. Se tomó otra cerveza. Empezó a sentir esa mueca de felicidad en la comisura de los labios que le anunciaban su incipiente embriaguez. Mientras bailaba frente al espejo del living fue sacándose los pantalones. Se miró un rato las piernas y con los pulgares estiró los breteles de la bombacha para hacerlas sonar en sus caderas. El latigazo le dejó una marca roja que exploró con entusiasmo frente al espejo. 

Se tiró en la cama King size pero enseguida le aburrió mirar el ventilador del techo. Otro espejo, en el ropero, le devolvía la imagen de ella en ropa interior reposando. Sus piernas largas y morenas enredadas en las sábanas, las fibras del cuello turgentes
, las tetas que con la hormonización iban creciendo cada mes. Se miraba y se gustaba. Fue por curiosidad que empezó a revisar los cajones de la mesa de luz, aunque sabía que las personas guardan allí los objetos más personales.

Apenas abrió el cajón vio el dildo negro, con cargador usb, que Mauro tenía siempre a mano. Era uno de esos anales que son como bolitas pegadas que van in crescendo. Después había un anillo para el pito, plug de diferentes tamaños, geles, preservativos. 

Apagó la luz y sacó todos los que fue encontrando en cajón. Se propuso jugarse a oscuras y con lo que le tocase, una lotería de placer. Fue como sumergirse en la parte onda de la pileta, donde no hacés pié y el vértigo del vacío se te hace un subidón en las tripas, pero con la seguridad de tener la orilla cerca, de estar a salvo. Volvió al cajón y a tientas sacó una corbata que se anudó al cuello, luego un antifaz que terminó de oscurecerle toda la visión. Ahora sólo estaba en su cabeza y en su piel. 

Siguió buscando con una mano dentro del cajón, con la otra dentro de su nuevo cuerpo. Un fuego se le prendió detrás de las orejas y le bajó por la espalda. Encontró una soga de bondage que se enrolló en las piernas, mientras con geles iba subiendo su propia temperatura.

En el cajón sintió el roce caliente en una mano y sintió miedo y vértigo. Fue un segundo eléctrico que le erizó los pelos del brazo, con ese rugir que siente el cuerpo cuando toca la piel de otra persona. Quiso volver a encontrarla pero agarró otro cosa, un dildo que se metió en la boca.  Luego le pareció  sentir unos dedos tocaban los suyos. Ya  no era solo la sensación de la electricidad del roce, eran unos dedos allí, para ella, para su juego de azar. Se quedó inmóvil un segundo, pero no se asustó. Cuando volvió a meter la mano, notó que dentro del cajón llovía. Caían gotas gordas y pesadas envueltas en una sensación de melancolía. Esta vez sacó un paraguas. 

Perdida y excitada siguió buscando y otra vez los dedos volvieron a tocarla, los buscó pero encontró un zapato. No se rindió e intentó una vez más y por fin tomó la mano que encontró dentro del cajón, empezó a tirar y seguía un brazo y un poco más y había cuello y un torso y la voz de Mauro que le decía, “Irene llegaste, por fin”.

MG

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