El Pani


—Yo creo que va a estar antes el Pani que el asado.

—No, el Pani ya está listo.

Y todos largaron una carcajada estruendosa que a Mauro lo asustó y lo asombró a la vez. Quedó fascinado con el retumbe de esos tonos graves de los hombres que lo rodeaban, saliendo en bocanadas de risa.

Cada vez que caía el tío Pani, la casa se ponía patas para arriba con planes estrambóticos improvisados, reacomodamiento de lugares para dormir, y franjas de horarios para las comidas. Como esa vez que intentó armar una repisa con las tablas de machimbre viejo y después de dos días intentando enderezarlas, las terminó usando para el asado. O la otra vez que se puso a arreglar la moto abandonada del fondo. Se inventó un quirófano con taburete y todo para desguazarla, pero terminó haciendo un despelote de repuestos y entrañas engrasadas al lado del gallinero. "Qué ganas de hacer quilombo vos", decía Eduardo cuando lo veía en una de sus empresas. La moto la vendieron como chatarra porque no había forma de volverla a armar.

Solía suceder eso con el Pani cuando caía. - Así, sin más, sin siquiera tomarse el trabajo de avisar o llamar por teléfono. De un día para el otro se tomaba el colectivo desde Centenario hasta Chos Malal y se dejaba caer.

Amalia que ya no le soportaba esos arranques, sólo con la mirada y la boca fruncida le repitió a Eduardo telepáticamente lo que ya le había dicho otras veces. Las palabras le salían por los ojos. Él la escuchó en su cabeza: “Ya mismo le decís a tu amigo que mañana se vaya a otro lado”.

Ahora, encima, había caído con dos de sus hermanos: el Tape y el Vala. Entonces la casa se convirtió enseguida en una especie de Convención Constituyente de tíos, que incluía guitarreadas, extensas partidas de truco con sus correspondientes revanchas, acaloradas discusiones futboleras y descarnados susurros políticos muchas veces acompañados de llantos o brotes de ira. Mauro fascinado con esos días de revuelo, nunca dudó de que esas personas eran sus tíos.

Afuera, en el patio, el Pani hacía el asado. Se sacó la camisa y quedó en cuero. El sol del verano, junto al fuego y las brasas, lo hacían transpirar, y sus hombros y su pecho, primero colorados, se volvieron casi fosforescentes bajo el rayazo de sol. Él se mantenía estoico en su labor de asador. La piel pegada a las costillas, algunos pelos ralos blancos en el pecho, evidenciaba los cincuenta y pico largos que ostentaba. Cuando se arremangó los pantalones pinzados hasta las rodillas, fue que el Tape dijo que iba a estar listo antes el Pani que el asado, mientras lo miraban desde las reposeras del quincho.

—Andá, llevale —le dijo Eduardo a su hijo, mientras le alcanzaba la jarrita blanca de plástico con medio litro de un tinto más bien baratón, rebajado con soda y mucho hielo.

Mauro cruzó toda la galería del fondo haciendo equilibrio con la jarra sujeta con las dos manos, hasta llegar a ese lugar tan raro al medio del solazo que el Pani había elegido para hacer el fuego y el asado.

—¿Cómo sos mi tío si no sos hermano ni de mi papá ni de mi mamá? 

Hubo un silencio que solo interrumpió el crepitar de las brasas.

Pani primero se hizo el otario ante la pregunta, intentó esquivarla, desentenderse, desoírla. Era ese momento dramático del asado, justo cuando hay que comprobar si el fuego no está demasiado fuerte para la carne. Agachado con un palo corría las brasas, miraba de cerca las tiras de falda y sostenía el fuego. Transpiraba fuerte, unas gotas gordas y pesadas le caían por la frente, que se secaba con la camisa —húmeda de tanto sudor— que sostenía en la mano como si fuese un repasador.

Pensó un rato la respuesta mientras manoteaba la jarra y levantaba la mirada, como buscando las palabras en el cielo. Mauro, supo esperar y cultivar la paciencia en ese momento. Entendió los gestos del Pani: los ojos que escudriñaban cielos, cerros y árboles encandecidos de mediodía, que estaba buscando una respuesta para darle. Empezó diciendo algo de que él era su tío porque la sangre a veces es traicionera, que no tiene nada que ver esos paretezcos, que lo importante es la lealtad, y que eso lo había aprendido de Perón y los compañeros, que cuando uno queda solo a cierta edad en la vida, la familia no es lo mismo que cuando niño y así ensayó durante un rato algunas variantes de respuestas que Mauro no pudo recordar.

Sí recordó el final. El remate. El momento cúlmine de todas esas ideas desordenadas que, luego de algunas digresiones, llegaron más o menos organizadas a los labios partidos del Pani. Una suerte de revelación o epifanía bajo el sol de enero. Dijo que él era su tío porque era de la familia que se elige. Y remató:

—Eso. La familia que se elige.

Aprovechó para empinar la jarra hasta la mitad. Los hielos le chocaron contra la nariz, redonda y enrojecida, y Mauro pensaba si la nariz del tío Pani se le había enfriado con el roce de los hielos.

—Ahhh, esto es un espectáculo —exclamó, y luego se saboreó los bigotes desteñidos por el pucho, con una relamida de lengua que asomó entre los labios con un color morado de uva chinche.

—La familia que se elige —repitió Mauro, mientras perdía la mirada en las telas anaranjadas de las llamas del fuego.


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