Espejos


Venía con el tema de Amalia en la cabeza. Por eso hace unos días que no lograba dormir de corrido las seis horas que le alcanzaban para arrancar cada mañana. En mitad de la noche se le metió una inquietud, un miedo, algo que no podía terminar de definir pero le parecía horroroso. Se le anudó por encima del estómago y lo despertó súbitamente agarrándose la panza y hecho una bolita en la cama. Así le sucedió dos o tres veces, en una de ellas se levantó a tomar agua y echó una rápida mirada por la ventana. La ciudad aún dormía, espectros vampirezcos merodeaban la vereda y revolvían los contenedores de basura. Uno levantó la mirada y lo vio, pero evitó el contacto visual y se acostó de nuevo. 

Con un par de tazas de café con azúcar logró ponerse en alerta y llegar temprano a la oficina. Subió solo por el ascensor hasta el noveno piso. Los espejos le devolvieron su figura multiplicada hasta el infinito. Como en un laberinto de espejo se perdió durante un momento frente a la multiplicidad de su imagen. Dudó de cuál de todas esas figuras era él realmente y por un instante no supo de qué lado del espejo se encontraba. Antes de bajar aprovechó el efecto infinito del ascensor y se tomó una selfie con el celular. Se la mandó a Amalia aunque sabía que no la iba a ver, o peor, que si la veía, tal vez no lo reconocería. Vio las dos tildes azules justo cuando se abría la puerta, pero no obtuvo respuestas. Se tragó una saliva amarga y pastosa antes de meterse entre los box y las computadoras que empezaban a prenderse.

-Estás muy lindo hijito.
 
La respuesta llegó 15 horas después, cerca de la medianoche. Lejos de causarle alivio y alegría, el mensaje escueto y a destiempo, lo entristeció. Auguró otra noche sin dormir y decidió no contestar inmediatamente. Sin embargo algo del mensaje le llamó la atención: la foto que había enviado desde el ascensor tenía algo raro. Una de las múltiples imágenes reflejadas de él mismo, no era la de él mismo. Era otra cara, con otros gestos y otras facciones en la que relucían unos colmillos debajo de una mueca siniestra de los labios. Se perdía entre los rostros multiplicado por los espejos, pero se notaba perfectamente que se trataba de otra cara. Tal vez otra persona, tal vez otra cara de sí mismo.

No es mi cara. O tal vez sí. 

Corrió a inspeccionarse en el espejo del baño. Revisó todo su rostro: los pliegues debajo de los ojos, la forma arqueada de las cejas, la nariz aguileña con las fosas nasales prominentes que había heredado de su padre, las arrugas en la comisura de los labios debajo de la barba con sus cicatrices; pero no encontró nada extraño. Sin embargo, el otro rostro continuaba en la foto, no era un efecto de la luz, tampoco había visto mal, estaba ahí.  

¿De quién es ese rostro? ¿Será mío también?

Esa noche apenas pudo dormitar durante algunos ratos. Incómodo daba vueltas en la cama y se hacía bolita debajo de las sábanas. Para las seis ya estaba levantado otra vez frente al espejo escudriñándose las propias facciones. Reconoció la tez morena de Amalia en su piel, la forma cuadrada de su cabeza en la cabeza de él. Los ojos con una leve cuerva hacia abajo que siempre parecían tristes y que era la misma mirada de triste de Amalia. Pero no había nada raro, la misma cara de ayer, un poco más ojerosa. 

Esta vez subieron dos personas más al ascensor de la oficina entonces la multiplicidad de cuerpos y facciones era triplemente infinita. Buscó entre todos sus rostros dar con la cara que había visto en la foto del celular. Pero nada. Escuchó vagamente la conversación de los otros que hablaban algo de un partido de fútbol y se distrajo el segundo necesario para que Amalia se le cruce por la cabeza; lo mucho que le gustaba y lo nerviosa que la ponían los partidos de River. En el quinto piso bajaron los otros dos y volvió a quedarse solo contra sus infinitas versiones. 

Las miraba inquisitivamente explorando cada detalle, cada rasgo. Una forma de explorarse a sí mismo. Tuvo el presentimiento de volver a verse de esa manera que recién ahora estaba descubriendo.  Una vez más se perdió y no supo de qué lado de los espejos se encontraba. Justo antes que se abra la puerta del ascensor volvió a verse la otra cara que, esta vez, no disimuló en hacerle una mueca de sonrisa malvada que le paralizó el aliento y lo hizo saltar del ascensor apenas se abrió. La sonrisa espectral de su otra cara lo aterró.

Puedo que sea yo mismo ese monstruo. 

Aún le temblaba un poco el pecho y la garganta cuando sonó el teléfono y leyó el mensaje de su hermano: “Mauro tenés que venir a ver a Amalia cuanto antes, tal vez sea la última vez que la veas”.

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