La Faenada
Resabios de la hiperinflación se
amontonaban por la casa de mi infancia. Almuerzos a base de conservas, ropa
heredada, sábados de almuerzo popular en la parroquia María Auxiliadora. Con la
convertibilidad se acomodaron algunos en el pueblo, es cierto, pero digamos que
fueron los mismos que siempre se acomodan en todos los pueblos: el juez de paz,
algunos comerciantes de dudosa moral. La joven democracia resultaba muy difícil
de interpretar para la policía, que no dejaba de romper las pelotas a cada
rato, solía decir mi papá. El resto del caserío intentábamos sobrevivir con lo
poco que nos valía la plata (o el trabajo, o el tiempo o la vida, que es más o
menos lo mismo). En mi casa éramos unos de esos: del resto. Mis padres, con sus
recursos semiprofesionales y todo, lidiaban de más para alimentar al puñado de
hijos que echaron al mundo.
Uno de esos niños era yo, que en
ese entonces tenía como cinco o seis años. El cuarto de un montón de hijos, el
quinto si contamos lo de Nicolás, aunque ya no hablamos de eso. Era bien
entrado el otoño, porque las hojas de los árboles se ponen amarillas y rojas en
la orilla del río y, en las alcantarillas de las calles, se empiezan a
amontonar debajo de los puentecitos de entradas a las casas. El pueblo
yuxtapone distintos tonos cobrizos y anaranjados de los arbolitos con la aridez
de las montañas. Un paisaje en sepia. Es mi época favorita del año. El viento
helado que baja desde la cordillera se mete por debajo del cuello de la camisa
y las mangas del pullover y te deja tiesas y colorada las orejas y la nariz.
Esa mañana me despertó el balar
de chivitos y las voces de hombres apurados en el patio de casa. Solo reconocí
la de mi papá. Era temprano porque Manuel, mi hermano que iba al secundario,
aún no se había levantado y roncaba en la cama de al lado. Miré por la ventana
y vi a mi padre que, con los otros hombres, carneaban los chivitos y repartían
las partes debajo del nogal.
Trabajaban tensos y apurados,
tenían las miradas alertas, se les notaba nerviosismo y adrenalina en los ojos.
Parecían en una película de suspenso, que se ponía terrorífica con la sangre en
sus manos empuñando cuchillos también ensangrentados. Las vísceras de los
animales, que eran cinco o seis, quedaban envueltas en los cueros, dentro de
unas palanganas, a un costado. Les tiraban, cada tanto, unos bofes a los
perros. También los vi satisfechos, reían bajito, como con timidez. Apenas
alguno se aseguraba su parte, la guardaba en una mochila y se iba rápido, pero
sigiloso. Así, iban quedando cada vez menos. "Qué raro en una
mochila" pensé.
Ya había visto antes a mi padre
carnear un chivito en el patio. Nunca tantos. Pero de vez en cuando, los
paisanos bajaban desde la cordillera algún día de la semana bien temprano y
traían los animales vivos, en las cajas de sus destartaladas camionetas, para
venderlos de contrabando en el pueblo.
Entonces sucedía como un ritual,
algo así como una misa. Papá llevaba al chivito maneado en la carretilla al
fondo del patio, a un rinconcito al fondo, detrás del gallinero. Allí se erigía
una especie de altar hecho con piedras lajas y ladrillos. Allí se realizaba el
sacrificio. Sacaba entonces de entre el cajón de las medias el cuchillo que
había heredado de mi abuelo, un facón con empuñadura y vaina de oro y plata;
una reliquia familiar que yo esperaba heredar también algún día. Con el filo
peinaba el cuello del chivito, tanteando con la punta el lugar exacto donde la
vena se calienta con el latido de la sangre, para hundir el acero. Y así con una puñalada le cortaba la yugular.
Que se desangre hasta morir. Finalmente, lo desataba y el chivito daba unas últimas
patadas al aire hasta que dejaba de moverse con la mirada puesta en un punto
fijo ubicado en otra dimensión, en la muerte misma, extinguiendo hasta la
última chispa de electricidad en los nervios.
Una vez sacrificado el animal, lo
colgaba en un gancho que había en el nogal y, con el mismo cuchillo, comenzaba
a carnearlo. A veces utilizaba la mano o el puño para separar el cuero de la
carne, como haciendo un jab de derecha. Algunas veces lo ayudé y siempre me
resultó un momento muy íntimo, familiar, tradicional.
El ajetreo de la mañana terminó
rápido. Antes del mediodía mis padres limpiaron todo en el patio con ligereza.
Yo me di una vuelta por el patio, curiosiando con los perros que no paraban de
olfatear por todas partes. Las palanganas, el cuchillo, el tronco del nogal
ensangrentado, las huellas de los hombres que se fueron despacio cruzando el
cerco de madera cantonera y no por el portón. No sé qué pasó con los cueros;
sospecho que los cargó en el auto y los tiró al río. Para cuando me fui a la
escuela, mamá tenía hirviendo la sangre de los chivitos en una olla para hacer
morcillas. El olor ácido de la sangre mezclado con el dulzor del cilantro se me
impregnó en la nariz y me acompañó durante un par de cuadras.
El resto del día, en
la escuela, fue un día normal. Regla de tres simple, células eucariotas y
procariotas, mayas, incas y aztecas. En el partido de futbol del primer recreo
me pelé las rodillas atajando y las gotitas de sangre que empezaron a emerger
me recordaron la faeneada de la mañana y resurgió el olor del cilantro
ensangrentado que llevaba en la nariz.
Lo de mamá atendiendo
a la policía y mintiéndole esa tarde lo entendí ya de grande. Ahora resulta
obvio. Los chivitos los traían los paisanos de pasada para la invernada, sin
pasar por el matadero municipal, y por eso ahí estaban los milicos con la
sirena y todo el despliegue en la vereda de casa, haciendo su circo. Rompiendo
las pelotas.
Que acá no carneamos
ningún animal y no se lo voy a repetir. Que se dejan llevar por los chismes de
las viejas gorilas estas; decía señalando la casa de enfrente. Que, si no traen
una orden del juez, a mi casa ustedes no van a entrar; mirá que ahora ya no
pueden hacer lo que se les dé la gana. Y el sonido seco del portazo.
Esa noche, después de
la cena, mis padres discutieron fuerte. Cada tanto tenían una discusión, pocas
veces con ese tono. Yo me salí de la cama y me escondí detrás de la puerta de
la cocina. Él golpeó un par de veces la mesa; ella amenazó con echarlo. Eduardo
y Amalia, mi padre y mi madre. Después se abrazaron y lloraron un rato. No los
vi abrazarse muchas veces, llorar nunca. Corrí a sumarme yo también al abrazo y
formar una especie de árbol.
—¿Qué hacés
despierto? —Andá y metete a la cama —me recriminó mamá—. ¡Abrígate!
Una ofrenda a la
osadía y a la supervivencia. Al impulso de vida, tal vez. El domingo siguiente
comimos asado. Fue el primero después de muchos meses comiendo arroz con
cebolla y atún, sopa de verdura con fideos munición. Papá prendió el fuego y yo
estuve todo el tiempo a su lado; me explicaba cómo se ponía un chivito en la
cruz, que a las llamas queda más rico que a las brasas, que un poquito de
harina para que quede crocante el cuerito. Ritual.
El olor a humo y asado se colaba
por encima de los techos de zinc y las copas de los maitenes de la cuadra. La
policía siguió rompiendo las pelotas durante esos días y estuvieron todo el
domingo dando vueltas a la manzana; cada tanto tiraban un sirenazo, para
remarcar su presencia.
Yo creo que querían venir a comer
el chivito, aunque no tuvieran la orden del juez para entrar.

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