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El Pani

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—Yo creo que va a estar antes el Pani que el asado. —No, el Pani ya está listo. Y todos largaron una carcajada estruendosa que a Mauro lo asustó y lo asombró a la vez. Quedó fascinado con el retumbe de esos tonos graves de los hombres que lo rodeaban, saliendo en bocanadas de risa. Cada vez que caía el tío Pani, la casa se ponía patas para arriba con planes estrambóticos improvisados, reacomodamiento de lugares para dormir, y franjas de horarios para las comidas. Como esa vez que intentó armar una repisa con las tablas de machimbre viejo y después de dos días intentando enderezarlas, las terminó usando para el asado. O la otra vez que se puso a arreglar la moto abandonada del fondo. Se inventó un quirófano con taburete y todo para desguazarla, pero terminó haciendo un despelote de repuestos y entrañas engrasadas al lado del gallinero. "Qué ganas de hacer quilombo vos", decía Eduardo cuando lo veía en una de sus empresas. La moto la vendieron como chatarra porque no habí...

Una isla

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Antes de meter la barbilla y la boca en el agua, tomó una enorme bocanada de aire y cuando se aseguró los cachetes bien inflados, se sumergió. Hundió hasta el borde de la nariz para que los ojos y la mirada le quedaran a la altura del agua. Vio de cerquita el onduleo constante de un lado al otro, como un vals. Contuvo la respiración e hizo fuerzas para mantenerse a flote con un mini aleteo de brazos. El sol del mediodía imprimía destellos de luz en la cresta de las olitas, como chispas de una soldadora. Más allá de la pileta, se extendía el parquizado con variados árboles frutales donde saltaban gorriones que aprovechaban las frutas sin cosechar.  Ignoró los gritos de la madre que lo llamaba para almorzar y se quedó un rato más en el agua, hasta que los dedos se le pusieron como pasas de uva. Iba a aprovechar de ese verano la mayor cantidad de tiempo posible dentro de la pileta. Ya tendá el resto del año para aburrirse en el balcón de la calle Juan B. Justo. Verónica lo miraba por ...

Yo del pasado

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Le pidieron que si por esta vez podía hacer jornada doble que “había uno que no vino porque se puso en pedo anoche cuando salió de la obra y se había querido llevar unas bolsas de cemento, por eso la mujer no lo dejó entrar a la casa, entonces se fue a lo de un primo que vive en Arana, pero que la chata que lo llevaba partió la junta de la tapa de cilindros en medio de la ruta entonces se habían quedado tirados toda la noche”, y en ese momento dejó de escuchar. No le importó el resto de las explicaciones. En su cabeza se le hizo como una neblina espesa que se le asentó detrás de las orejas y le nubló la mirada. La losa había que tenerla lista para mañana sí o sí, la paga era el doble y la guita le venía bien. No había muchas más vueltas que darle. Se autoconvenció para motivarse que podría invitar a Leticia a comer un sánguche de bondiola con unas cerveza en la costanera el fin de semana. Aceptó con desgano. Tragó una saliva amarga mezclada con tierra y dijo que, “bueno, que por hoy s...

Espejos

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Venía con el tema de Amalia en la cabeza. Por eso hace unos días que no lograba dormir de corrido las seis horas que le alcanzaban para arrancar cada mañana. En mitad de la noche se le metió una inquietud, un miedo, algo que no podía terminar de definir pero le parecía horroroso. Se le anudó por encima del estómago y lo despertó súbitamente agarrándose la panza y hecho una bolita en la cama. Así le sucedió dos o tres veces, en una de ellas se levantó a tomar agua y echó una rápida mirada por la ventana. La ciudad aún dormía, espectros vampirezcos merodeaban la vereda y revolvían los contenedores de basura. Uno levantó la mirada y lo vio, pero evitó el contacto visual y se acostó de nuevo.  Con un par de tazas de café con azúcar logró ponerse en alerta y llegar temprano a la oficina. Subió solo por el ascensor hasta el noveno piso. Los espejos le devolvieron su figura multiplicada hasta el infinito. Como en un laberinto de espejo se perdió durante un momento frente a la multiplicida...

Cumpleaños

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  Una hora antes de que empiecen a llegar los invitados se largó uno de esos aguaceros furiosos de verano; venía con gotas gordas y pesadas que en diez minutos inundaron la calle de cordón a cordón. Además se levantó un ventarrón que hasta tiró unos árboles en el Parque Chacabuco. “No va a venir nadie” pensó, mientras bajaba unas latas de cerveza del freezer para que no se congelen. “¿Quién me manda a mi?” se dijo, utilizando el tono de la resignación. La amargura de la soledad se le acomodó atrás de la tráquea y le empujó una pelota agría hasta el estómago. Tragó saliva y miró el reloj.    *** En la terraza salpican, como bailando, las gotas sobre las mesas y sillas de madera; el desagüe engulle el agua barrosa mezclada con las hojas de los árboles que el viento desparramó por todas partes. Banderines y foquitos de colores colgados resistían, tenaces, el bamboleo de la terraza del tercer piso. Cabizbajo se acomodó en una silla, entonces el agua le mojó el tras...

Mesa de luz

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La casa parecía más grande de lo que la recordaba y eso que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado ahí. Tal vez un par de años, no más. Era una de esas casas que están sobre la terraza de los edificios. En este caso, uno bajito de tres pisos. Cómo si fuese la casa del portero o del encargado. Había que subir los tres pisos por escaleras y en el último tramo te chocabas con la puerta de la casa en la cara.  Una vez adentro, te recibía un pasillo largo adornado con lucecitas de navidad hasta un distribuidor circular que conducía a las diferentes habitaciones. Ahí estaba Irene con las llaves aún en una mano y el bolso en la otra. Sudando la subida por la escalera que le había puesto a repiquetear el corazón debajo del saco de paño y que no era muy recomendable después de la operación. Una cosa es que te inviten a tomar unos mates, una cerveza, a coger una noche o un fin de semana de locura; otra muy distinta es habitarla durante algunas semanas, incorp...

La Faenada

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  Resabios de la hiperinflación se amontonaban por la casa de mi infancia. Almuerzos a base de conservas, ropa heredada, sábados de almuerzo popular en la parroquia María Auxiliadora. Con la convertibilidad se acomodaron algunos en el pueblo, es cierto, pero digamos que fueron los mismos que siempre se acomodan en todos los pueblos: el juez de paz, algunos comerciantes de dudosa moral. La joven democracia resultaba muy difícil de interpretar para la policía, que no dejaba de romper las pelotas a cada rato, solía decir mi papá. El resto del caserío intentábamos sobrevivir con lo poco que nos valía la plata (o el trabajo, o el tiempo o la vida, que es más o menos lo mismo). En mi casa éramos unos de esos: del resto. Mis padres, con sus recursos semiprofesionales y todo, lidiaban de más para alimentar al puñado de hijos que echaron al mundo. Uno de esos niños era yo, que en ese entonces tenía como cinco o seis años. El cuarto de un montón de hijos, el quinto si contamos lo de Nicolá...