Una isla
Antes de meter la barbilla y la boca en el agua, tomó una enorme bocanada de aire y cuando se aseguró los cachetes bien inflados, se sumergió. Hundió hasta el borde de la nariz para que los ojos y la mirada le quedaran a la altura del agua. Vio de cerquita el onduleo constante de un lado al otro, como un vals. Contuvo la respiración e hizo fuerzas para mantenerse a flote con un mini aleteo de brazos.
El sol del mediodía imprimía destellos de luz en la cresta de las olitas, como chispas de una soldadora. Más allá de la pileta, se extendía el parquizado con variados árboles frutales donde saltaban gorriones que aprovechaban las frutas sin cosechar.
Ignoró los gritos de la madre que lo llamaba para almorzar y se quedó un rato más en el agua, hasta que los dedos se le pusieron como pasas de uva. Iba a aprovechar de ese verano la mayor cantidad de tiempo posible dentro de la pileta. Ya tendá el resto del año para aburrirse en el balcón de la calle Juan B. Justo.
Verónica lo miraba por la ventana de la cocina, pero enseguida se resignó a seguir llamándolo. Podía pasarse días enteros dentro de la pileta y recién a la tardecita, cuando empezaba a anochecer, salía. “Cuando tenga hambre va a volver”. En verdad se pasaba gran parte del año encerrado en el departamento y sentía que era mejor que aproveche la pileta ahora que el tiempo parece pasar más lento. Las vacaciones de verano suelen quedar marcadas a fuego en el recuerdo de los niños.
Mientras tanto, Franco seguía mirando a ras del agua, el movimiento pendulante de las olas. Ahí fue que vió cruzar una hoja del naranjo por delante de sus ojos, que flotaba igual a un barquito. Flotaba con gracia y dificultad, era una carnosa y de verde oscuro.
Se incorporó despacio, pero la ola que hizo su cuerpo al ponerse de pié casi la hunde. Caminó lo más lento que pudo y de un lado de la pileta recogió otras hojas y ramitas y palitos sueltos que fue encontrando. También unas flores secas, pastito, todo lo que le cabía en las manos. Se acercó sigiloso intentando no mover mucho las aguas y empezó a colocar todo lo que había juntado sobre la hoja de naranjo.
-Voy a hacer una isla.
Con cada palito, ramita o florcita que le agregaba iba imaginando puertos, rascacielos, puentes, aeropuertos, carreteras. “Esta es la autopista que pasa por arriba del parque Chacabuco” decía mientras acomodaba los objetos dentro de su isla. Cada tanto se alejaba un poco, con cuidado de no hundirla, para inspeccionarla y contemplar su creación desde la distancia.
Con dedicación y paciencia fue armando su ciudad sobre la ilsa-hoja de naranjo. Agregaba un edificio por aquí, más allá un estadio de fútbol, muchas ramitas hacían las avenidas, las flores secas eran parques. A veces algún objeto grande o pesado ponía en peligro la flotabilidad de la isla, entonces lo sacaba y se ponía a hacer algunas correcciones arquitectónicas y de planeamiento urbano.
Pasó el resto de la tarde en la pileta armando su isla, su ciudad del futuro, parecida a la ciudad que ya conocía. Cada tanto se daba una vuelta Verónica que le dejaba la chocolatada con un pedacito de pan dulce al lado de la pileta. Antes que llegue la noche y cuando la madre ya lo había retado por no salir en todo el día de la pileta, agarró unas hormiguitas que caminaban cerca de las escaleras y las colocó arriba de la isla. “Ustedes son Adán y Eva” les dijo y las dejó allí que recorran la ciudad, que suban a los palitos y a las flores secas, que caminen toda la hoja del naranjo de punta a punta por calles, rascacielos y parques.
Esa noche, después de dormir a Franco, Verónica se sentó a fumar en el palier de entrada a la quinta. Pensó en el verano caluroso que debía hacer en Buenos Aires, en el balcón del octavo piso sobre la calle Juan B. Justo y se imaginó en la ciudad con Franco, como dos hormiguitas recorriendo calles y rascacielos, flotando un poco a la deriva.

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