Yo del pasado


Le pidieron que si por esta vez podía hacer jornada doble que “había uno que no vino porque se puso en pedo anoche cuando salió de la obra y se había querido llevar unas bolsas de cemento, por eso la mujer no lo dejó entrar a la casa, entonces se fue a lo de un primo que vive en Arana, pero que la chata que lo llevaba partió la junta de la tapa de cilindros en medio de la ruta entonces se habían quedado tirados toda la noche”, y en ese momento dejó de escuchar. No le importó el resto de las explicaciones. En su cabeza se le hizo como una neblina espesa que se le asentó detrás de las orejas y le nubló la mirada. La losa había que tenerla lista para mañana sí o sí, la paga era el doble y la guita le venía bien. No había muchas más vueltas que darle. Se autoconvenció para motivarse que podría invitar a Leticia a comer un sánguche de bondiola con unas cerveza en la costanera el fin de semana.

Aceptó con desgano. Tragó una saliva amarga mezclada con tierra y dijo que, “bueno, que por hoy sí, pero que no iba a hacer la mezcla”. Sabía que le iba a doler el cuerpo el resto de los días; se le ponía duro, tenso y jorobado y para ese jueves ya cargaba con una buena parte de la semana encima. “Que la haga Miguel a la mezcla, que es más pendejo y le sobra cuero”.

A Miguel todavía le faltaban unos cuantos platos de sopa para llegar a los 20 años, pero lo compensaba con entusiasmo y picardía. También lo habían enganchado para que haga doble turno, pero él nunca se negaba porque necesitaba la plata para terminar de pagar la moto con la que salía a hacer delivery los fines de semana. A veces llegaba caravaneado a la obra, y eso caía bastante mal a los albañiles más viejos, pero nunca se hizo el boludo con el trabajo. Borracho y todo se ponía a hacer mezcla, mojar los ladrillos o hacer los revoques.

 “Cómo te clavaron eh”, le tiró Miguel al otro que no solía hacer dobles turnos.

“No te acostumbres a tener compañía”, le respondió seco y cortante.

“Bueno, depende de la compañía. A algunas me puedo acostumbrar”, dijo Miguel mientras reía burlonamente.

Hubo silencio.

A las dos de la tarde, con el cambio de turno, vieron como sus compañeros de la mañana partían hacia sus casas. Se iban con los músculos duros y el cuerpo encorvado. Llevaban un evidente gesto de satisfacción y libertad en la comisura de sus bocas entierradas. Mientras los miraba se imaginó las cervezas heladas que se irían a tomar, como hacían todos los días, en el kiosco que está a dos cuadras y que, justo enfrente, tiene un pastito para tirarse a retozar. 

Se distrajo recordando ese pastito, y la picazón que le daba las manos en la hierba. Por eso no pudo ver a sus compañeros que de reojo lo miraban con una especie de misericordia y lástima. Buscó entre los ladrillos ahuecados una botella con agua para mojarse la boca reseca, pero vio como Miguel se tomaba el último trago antes de tirarla.

-Cuando salgamos de acá nos tomamos unas cervezas hasta quedar doblados-, dijo Miguel.

-Te vas a matar en la moto.

-A algunas le gusta cuando estoy mamado-, volvió a reírse burlonamente Miguel.

-A otras no tanto y te echan de la casa, como el boludo que faltó hoy.

Miguel cambió bruscamente el semblante y el tono de voz. Se puso serio, un gesto recio en el rostro. Enderezó la espalda y dijo sin mirarlo “no lo echaron por borracho”.

Ese jueves, empezó temprano con el tren de las 5.49 en la estación Claypole. En realidad empezó a las 5 y cuarto, cuando sonó el despertador del celular y se puso el overol, agarró la mochila pesada de herramientas y cosas que fue junando en la semana; tomó un trago de jugo de la única botella que había en la heladera antes de salir apurado para no perder el tren. Ahora sabía que además iba a ser un día largo. Calculó que cerca de las diez de la noche estaría de vuelta en su casa. Intentó hacer la cuenta mental de cuántas horas trabajaría ese día, pero no tuvo ganas de resolverla.

Sobre un montículo de arena se acostó esperando que empiecen a llegar los del siguiente turno. Miguel había acarreado dos bolsas de cemento y se había sentado sobre ellas. Un escalofrío de resignación le corrió el cuerpo. Por el cielo clarito, aves volaban en círculos; se detuvieron sobre los tanques de agua y en los cables de luz, suspendidas en el paisaje como notas musicales en un pentagrama. Se pasó la lengua por los labios y sintió la dureza seca.

Hurgó dentro de la mochila, entre fierros y ropa limpia que siempre llevaba para la vuelta. Guardaba una certeza y una esperanza en su yo del pasado. Una abrupta satisfacción le recorrió eléctricamente el cuerpo. Revolvió la mochila buscando, hasta que con las uñas mugrientas rascó la piel ácida y sintió la humedad en los dedos. Encontró una mandarina que alguna vez había guardado en la mochila. No se acordaba desde cuando, dos o tres días quizás, pero no le importaba: alguien había pensado en él, en la posibilidad del desamparo y le había dejado una mandarina. Alguien había advertido la sed y la boca reseca, la desazón y resignación de ese día, pero también la dulce satisfacción del zumo dulce que le esperaba. Había sido él mismo. 

Dejó que Miguel atravesara ese páramo de silencio taciturno en el que se había metido. Pero enseguida le preguntó: “¿vos sabés qué le pasó al que no vino?”

“Sí, sí sé”.

“Y bueno, contá entonces”.

A Miguel  se le inundaron los ojos de golpe. Cerró el puño con fuerza, y los tendones de su cuello joven y esbelto se le pusieron turgentes. 

“No, no te voy a contar. Al pedo que se entere un viejo pelotudo como vos”.

“¡Epa epa! Lo de pelotudo te lo permito, pero no me tratés de viejo”, le dijo el otro mientras pelaba la fruta con paciencia y dedicación en ese paréntesis que hay entre turno y turno. Era también un paréntesis en el tiempo, detenido en el cielo clarito que se extendía ante sus ojos y los ojos llorosos de Miguel. 

“¿De qué tenés miedo que me entere? ¿Qué, te culea?” y ahora era el otro el de la risa burlona.

“Qué mierda vas a saber vos del amor si sos un pobre infeliz”, respondió amargado Miguel.

Hubo otro silencio, más prolongado.

Miguel nunca se puso violento, pero revoleó la botella vacía contra la pared y masticó bronca, dolor. No quedaba ya ningún rastro de su risa burlona. Recordó cómo la noche anterior fue a buscar en moto, cuando rompió la junta de la tapa de cilindros de la chata mientras llevaba unos ladrillos y unas bolsas de cemento al ranchito que se estaban haciendo en Arana. Lo recostó en el catre, y lo abrazó para que descanse y se le pase la borrachera.

Parecía que iba a decir algo más, pero entonces empezaron a llegar los del segundo turno y el ambiente tenso entre los dos se fue disipando en la tarde soleada. Con las manos temblorosas y desbordadas de energía, el joven empezó a preparar la mezcla de cemento y arena mientras murmuraba por lo bajo y tomaba grandes bocanadas de aire para no soltar un llanto desaforado.

El otro, aprovechó a estirar lo más que pudo el tiempo de ocio antes de que arranque con todo el segundo turno. Pensó que el amor tal vez sea un sánguche de bondiola en la costanera con Leticia, o un ranchito en Arana. Ahí está el amor, en cada ladrillo afanado. 

Con cada pedazo de cáscara de mandarina que iba pelando, se le fue aflojando un poco más la respiración. Llenó los pulmones y soltó de a poquito el aire, desinflándose. Quitó toda la piel y luego uno por uno los hilitos blancos que la recubren. Antes de comerse los primeros tres gajos juntos, miró fijo al sol; dejó que se le incendien los ojos de blanco para cerrarlos, y disfrutar de la sensación caliente de la luz en los párpados. Mientras, el jugo dulce iba borrando el sabor a tierra y la saliva amarga de su boca.

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