Cumpleaños
“No va a venir
nadie” pensó, mientras bajaba unas latas de cerveza del freezer para que no se
congelen. “¿Quién me manda a mi?” se dijo, utilizando el tono de la
resignación. La amargura de la soledad se le acomodó atrás de la tráquea y le
empujó una pelota agría hasta el estómago. Tragó saliva y miró el
reloj.
***
En la terraza
salpican, como bailando, las gotas sobre las mesas y sillas de madera; el desagüe
engulle el agua barrosa mezclada con las hojas de los árboles que el viento desparramó
por todas partes. Banderines y foquitos de colores colgados resistían, tenaces,
el bamboleo de la terraza del tercer piso. Cabizbajo se acomodó en una silla, entonces el agua le mojó
el trasero y una gota se le pegó a la pierna; la recorrió, le bajó por el
gemelo izquierdo y se le metió dentro de la zapatilla. Recordó algunos
cumpleaños de la infancia, con gaseosas y galletitas Bagley debajo del
parrón y ahora las gotas le caían por adentro del pecho.
Se sintió un
ridículo con el intento de festejo de cumpleaños y empezaba a arrepentirse de la
idea, de la plata que gastó y los mensajes que había mandado. No había
festejado muchos cumpleaños en su vida y decidió que esta vez abordaría la
empresa con el mayor compromiso. Un entusiasmo forzado e inusitado, que ahora se
diluía como el barro por el desagüe.
Faltaban 15
minutos y nadie le había mandado un mensaje ni siquiera para saber si, tormenta
mediante, el cumpleaños seguía en pie o no; o si estaban dadas las condiciones
para que se haga. “No va a venir nadie”, otra vez el desánimo y el rencor. “Que
raro que Matías no me haya escrito nada. Del resto no me extraña, pero de él es
raro”.
Desahuciado se
recostó en el sillón a tomar cerveza y comer maníes. Se bebió rápido la primera
lata. Con la segunda se sintió un poco mejor, más relajado. El frío de la
bebida le había entrado por la garganta y se le desparramó por todas las
extremidades. Licuó la piedra angustiosa de la garganta y la diseminó por el
cuerpo. Alivianado de la carga, aprovechó a cerrar los ojos un rato, estirar
las piernas escuchando el azote de los árboles en la ventana. “Bueno ya fue, mejor
si me quedo acá tirado en casa. Cerveza no me va a faltar”.
En su
ensoñación recordó a la gente que había invitado: la mayoría eran de la
oficina, algunos viejos compañeros de la universidad y algún que otro invitado
suelto que había logrado rescatar en sus incursiones citadinas o instagrameras.
“La mayoría de la oficina” repitió en voz baja mientras movía la cabeza de un
lado al otro haciendo un gesto de reprobación. Le pareció vulgar no tener más
amistades que las del trabajo.
***
Invitar a Elisa
había sido una apuesta fuerte, un subidón de autoestima. Él mismo se sorprendió
de su osadía y lo encendido que se sentía ese día. Era obvio que le gustaba la
compañera nueva, pero no habían construido aún la confianza que les permita
reunirse por fuera del horario laboral. Unos días antes, mientras ultimaban detalles del
cumpleaños con Matías, fue ella quién le habló durante la hora del almuerzo.
-¿Así que están
de cumpleaños el sábado? Le preguntó haciéndose la desentendida, aunque había estado escuchando con atención.
Rápido de
reflejos, Matías respondió:
-Acá el joven
se está poniendo cada día más señor- mientras lo señalaba haciendo ademanes con
las cejas.
-Ah bueno y
¿Cuántos cumplís Mauro? preguntó Elisa girando de forma brusca, buscándole la
mirada atrás de los anteojos. Le gustó la malicia de sus ojos pardos. Se excitó
al oír su nombre en la voz de ella.
-Treinta y
tres, la edad del Señor- respondió y rieron todos. Como se abrió el portal, aprovechó para
invitarla. “Venite el sábado a festejar mi cumple”. La frase le salió con naturalidad
y eso lo hizo sentir confiado, seguro y feliz.
Ella hizo una
leve mueca de sonrisa con la comisura izquierda de los labios antes de
responderle. Mauro tardó muchos meses después en descifrar la malicia de ese
gesto. Luego no pudo dejar de verlo. Elisa
volvió la mirada al termo que llenaba con agua caliente en el dispensar. “Si no
llueve, puede ser".
***
A las 20, la
hora señalada, no había llegado nadie. Por la ventana la tormenta seguía
golpeando contra edificios y automóviles, sacudiendo los cables de la calle.
Prendió el televisor y puso uno de esos canales donde pasan música todo el
tiempo MTV o VH1. Se tomó otra lata de cerveza.
En ese momento
un pensamiento súbito lo alertó: “¿y si la única que viene es Elisa?”. Esa
posibilidad le causó pánico, pavor. “¿Qué va a pensar si viene y no vino nadie
más, ni siquiera Matías?” “¿De qué vamos a hablar si no nos conocemos?” “Que
patético me voy a ver si ella es la única invitada a mi fiesta de cumpleaños”.
Guardó algunos platos con papas fritas y
decidió no cortar la picada que había comprado, para que no sea más obvia la
soledad, ni más patético su intento de festejo. Tuvo prisa por desmontar todo
el cumpleaños: descolgar los banderines, sacar las bebidas de la heladera,
poner un canal de noticias. Sólo por si acaso, tenía a mano la excusa de la
tormenta. Solía siempre procurarse alguna excusa a mano.
***
Los primeros
invitados llegaron puntualmente a las 21. Con la hora de retraso exacta que
exigen los antiprotocolos latinoamericanos. Eran unos de la oficina que traían
bebidas. Enseguida llegaron otros más. Estaban los de la universidad, un primo
que no recordaba haberle dicho junto a los que se habían animado a venir sin conocer a
nadie más que al cumpleañero. El departamento se fue poblando con rapidez
mientras afuera la tormenta amainaba.
Para las diez y
media la concurrencia era exitosa y variada. El alcohol y el porro alivianaba el ambiente y lo llenaba de humo y de risas. Mauro cortó la picada, sirvió unos escabeches, ofreció
vino y cerveza. Aún no había señales de Matías, tampoco de Elisa, pero en el
cumpleaños ya se respiraba clima de festejo. Había fuego en la noche. La
tormenta quedaba atrás y se abría el cielo estrellado desde la terraza. Él
también sintió un cielo estrellado abriéndosele dentro.
En algún
momento se reprochó todos los años en los que se había rehusado a festejar. Esa
postura pacata y vergonzosa que lo dejaba siempre al margen. Nunca comprendió
el deleite, el goce en la sensación de ser el centro de atención, el homenajeado.
Le causaba vergüenza y pudor tanta exposición, pero sobre todo le parecía de mal gusto. Sin embargo ahora estaba disfrutándolo.
Se sintió reconocido, querido. Alguien venía y le preguntaba por alguna foto en la pared entonces
tenía tiempo de contar una historia; las personas se acercaban para escucharlo.
Después le pidieron que toque la guitarra y lo aplaudieron y cantaron con él.
Ese goce.
La tormenta
había pasado y los invitados ocupaban la terraza para aprovechar la fresca que
había dejado la lluvia en esa semana de enero. Sintió que la tormenta de
adentro se le había pasado también. Ahora engullía y tomaba cerveza satisfecho. Agradeció la tormenta y la felicidad que le seguía.
A las doce
menos cuarto, sonó el portero y bajó a abrir sin atender. En la puerta estaban,
Matías y Elisa empapados, aunque ya no llovía, con una botella de champagne.
-Eh! ¡feliz
cumpleaños Señor!
Después de dos segundos de silencio, rieron al
unísono y subieron las escaleras.

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