Cumpleaños

 




Una hora antes de que empiecen a llegar los invitados se largó uno de esos aguaceros furiosos de verano; venía con gotas gordas y pesadas que en diez minutos inundaron la calle de cordón a cordón. Además se levantó un ventarrón que hasta tiró unos árboles en el Parque Chacabuco.

“No va a venir nadie” pensó, mientras bajaba unas latas de cerveza del freezer para que no se congelen. “¿Quién me manda a mi?” se dijo, utilizando el tono de la resignación. La amargura de la soledad se le acomodó atrás de la tráquea y le empujó una pelota agría hasta el estómago. Tragó saliva y miró el reloj.   

***

En la terraza salpican, como bailando, las gotas sobre las mesas y sillas de madera; el desagüe engulle el agua barrosa mezclada con las hojas de los árboles que el viento desparramó por todas partes. Banderines y foquitos de colores colgados resistían, tenaces, el bamboleo de la terraza del tercer piso. Cabizbajo se acomodó en una silla, entonces el agua le mojó el trasero y una gota se le pegó a la pierna; la recorrió, le bajó por el gemelo izquierdo y se le metió dentro de la zapatilla. Recordó algunos cumpleaños de la infancia, con gaseosas y galletitas Bagley debajo del parrón y ahora las gotas le caían por adentro del pecho.

Se sintió un ridículo con el intento de festejo de cumpleaños y empezaba a arrepentirse de la idea, de la plata que gastó y los mensajes que había mandado. No había festejado muchos cumpleaños en su vida y decidió que esta vez abordaría la empresa con el mayor compromiso. Un entusiasmo forzado e inusitado, que ahora se diluía como el barro por el desagüe.

Faltaban 15 minutos y nadie le había mandado un mensaje ni siquiera para saber si, tormenta mediante, el cumpleaños seguía en pie o no; o si estaban dadas las condiciones para que se haga. “No va a venir nadie”, otra vez el desánimo y el rencor. “Que raro que Matías no me haya escrito nada. Del resto no me extraña, pero de él es raro”.

Desahuciado se recostó en el sillón a tomar cerveza y comer maníes. Se bebió rápido la primera lata. Con la segunda se sintió un poco mejor, más relajado. El frío de la bebida le había entrado por la garganta y se le desparramó por todas las extremidades. Licuó la piedra angustiosa de la garganta y la diseminó por el cuerpo. Alivianado de la carga, aprovechó a cerrar los ojos un rato, estirar las piernas escuchando el azote de los árboles en la ventana. “Bueno ya fue, mejor si me quedo acá tirado en casa. Cerveza no me va a faltar”.

En su ensoñación recordó a la gente que había invitado: la mayoría eran de la oficina, algunos viejos compañeros de la universidad y algún que otro invitado suelto que había logrado rescatar en sus incursiones citadinas o instagrameras. “La mayoría de la oficina” repitió en voz baja mientras movía la cabeza de un lado al otro haciendo un gesto de reprobación. Le pareció vulgar no tener más amistades que las del trabajo.

***

Invitar a Elisa había sido una apuesta fuerte, un subidón de autoestima. Él mismo se sorprendió de su osadía y lo encendido que se sentía ese día. Era obvio que le gustaba la compañera nueva, pero no habían construido aún la confianza que les permita reunirse por fuera del horario laboral.  Unos días antes, mientras ultimaban detalles del cumpleaños con Matías, fue ella quién le habló durante la hora del almuerzo.

-¿Así que están de cumpleaños el sábado? Le preguntó haciéndose la desentendida, aunque había estado escuchando con atención.

Rápido de reflejos, Matías respondió:

-Acá el joven se está poniendo cada día más señor- mientras lo señalaba haciendo ademanes con las cejas.

-Ah bueno y ¿Cuántos cumplís Mauro? preguntó Elisa girando de forma brusca, buscándole la mirada atrás de los anteojos. Le gustó la malicia de sus ojos pardos. Se excitó al oír su nombre en la voz de ella.

-Treinta y tres, la edad del Señor- respondió y rieron todos.  Como se abrió el portal, aprovechó para invitarla. “Venite el sábado a festejar mi cumple”. La frase le salió con naturalidad y eso lo hizo sentir confiado, seguro y feliz. 

Ella hizo una leve mueca de sonrisa con la comisura izquierda de los labios antes de responderle. Mauro tardó muchos meses después en descifrar la malicia de ese gesto. Luego no pudo dejar de verlo. Elisa volvió la mirada al termo que llenaba con agua caliente en el dispensar. “Si no llueve, puede ser".

***

A las 20, la hora señalada, no había llegado nadie. Por la ventana la tormenta seguía golpeando contra edificios y automóviles, sacudiendo los cables de la calle. Prendió el televisor y puso uno de esos canales donde pasan música todo el tiempo MTV o VH1. Se tomó otra lata de cerveza.

En ese momento un pensamiento súbito lo alertó: “¿y si la única que viene es Elisa?”. Esa posibilidad le causó pánico, pavor. “¿Qué va a pensar si viene y no vino nadie más, ni siquiera Matías?” “¿De qué vamos a hablar si no nos conocemos?” “Que patético me voy a ver si ella es la única invitada a mi fiesta de cumpleaños”.

Guardó algunos platos con papas fritas y decidió no cortar la picada que había comprado, para que no sea más obvia la soledad, ni más patético su intento de festejo. Tuvo prisa por desmontar todo el cumpleaños: descolgar los banderines, sacar las bebidas de la heladera, poner un canal de noticias. Sólo por si acaso, tenía a mano la excusa de la tormenta. Solía siempre procurarse alguna excusa a mano.

***

Los primeros invitados llegaron puntualmente a las 21. Con la hora de retraso exacta que exigen los antiprotocolos latinoamericanos. Eran unos de la oficina que traían bebidas. Enseguida llegaron otros más. Estaban los de la universidad, un primo que no recordaba haberle dicho junto a los que se habían animado a venir sin conocer a nadie más que al cumpleañero. El departamento se fue poblando con rapidez mientras afuera la tormenta amainaba.

Para las diez y media la concurrencia era exitosa y variada. El alcohol y el porro alivianaba el ambiente y lo llenaba de humo y de risas. Mauro cortó la picada, sirvió unos escabeches, ofreció vino y cerveza. Aún no había señales de Matías, tampoco de Elisa, pero en el cumpleaños ya se respiraba clima de festejo. Había fuego en la noche. La tormenta quedaba atrás y se abría el cielo estrellado desde la terraza. Él también sintió un cielo estrellado abriéndosele dentro.

En algún momento se reprochó todos los años en los que se había rehusado a festejar. Esa postura pacata y vergonzosa que lo dejaba siempre al margen. Nunca comprendió el deleite, el goce en la sensación de ser el centro de atención, el homenajeado. Le causaba vergüenza y pudor tanta exposición, pero sobre todo le parecía de mal gusto. Sin embargo ahora estaba disfrutándolo. Se sintió reconocido, querido. Alguien venía y le preguntaba por alguna foto en la pared entonces tenía tiempo de contar una historia; las personas se acercaban para escucharlo. Después le pidieron que toque la guitarra y lo aplaudieron y cantaron con él. Ese goce.

La tormenta había pasado y los invitados ocupaban la terraza para aprovechar la fresca que había dejado la lluvia en esa semana de enero. Sintió que la tormenta de adentro se le había pasado también. Ahora engullía y tomaba cerveza satisfecho. Agradeció la tormenta y la felicidad que le seguía.

A las doce menos cuarto, sonó el portero y bajó a abrir sin atender. En la puerta estaban, Matías y Elisa empapados, aunque ya no llovía, con una botella de champagne.

-Eh! ¡feliz cumpleaños Señor!

Después de dos segundos de silencio, rieron al unísono y subieron las escaleras.

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